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19 de mayo de 2008

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el cielo era de vinilo,
y al mirar al suelo de tanto espejo roto, supimos que ya no podíamos caer más...

2 de mayo de 2008

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El suelo era de vinilo
...y no podíamos caer más
Las costuras arrugadas de la luna, la cebolla como dormida en la almohada; y los pájaros, los pájaros que le ponen dinamita al tiempo. soy un pequeño animal de alarma que no va con paisaje cuando tira los ojos al sol. o dice que una huella es otro cuerpo y que los rostros tienen más de sombra que de espejo.
¿a quién aniquilan las palabras que empiezan por invierno? gritan y atropellan el cristal. ojos de astillas sin abrir.
el cielo era de vinilo,y no podíamos caer más.

2 de marzo de 2008

vivlioteca

En aquel otoño adelantado por la primavera los libros dejaron de llamarse libros.
Sigilosamente, y sin silencio quisieron perpetuarse como un jardín con haches y árboles. Sacudiéndose las mediciones y la rutina, igual que los ojos consiguen que las flores caídas o cálidas se despojen a grito de párpado del código de barras sedentario.
Acudieron a sus hestanterías de ladrillo y baldosa daltónica amarilla haciéndose huecos como si se tratase de improvisadas tiendas de campaña, hundiéndose en sacos de soñar para mantener miradas despiertas hacia la intermitencia de sus páginas.
Siesteando ya no entre catalogadas secciones si no en organizadas secesiones sin parcelar por nadie.
Al fondo, muy al fondo a la derechas, traspasando conjuntos de papel y tinta empalabrada, la intuitiva habitación de la música respiraba con un borrón en el rótulo de entrada.
Del antes conservatorio, se sabía leer: conversatorio.
Toda esa estancia en su esencia albergaba libros que después de leídos se pronunciaban en todos los oídos como libres...de mano a mano y voz en ojos.
Su entrada irresumible, muy afuera, cantaba silbando; vivoteca,,,vivoteca...vivotecA.

5 de enero de 2008

La niña que vivía siempre en las nubeS


La niña que vivía en las nubes; la niña que vivía en las nubes estaba siempre allí. No distinguía la física de la química, pero ni siquiera se cansaba en decir que ni falta que hace saber de esas distinciones. Y es que allá arriba tampoco le importaba casi nada saber del óxido de los viajes de vidas cansadas del fuselaje de los aviones al pasar.


Los muchachos de su clase le envidiaban su estancia allá arriba imaginándose las flores trepadoras que recogía con sus pensados besos de algodón. En realidad, o no realidad, la niña que vivía siempre en las nubes no iba a clase desde aquella media mañana en que salió a buscar tréboles de seis hojas cruzando una verja verde y amarillenta.




A ella le gustaba estar mucho más arriba, por encima de los misiles tierra-aire que lo único que regalaban eran infiernos para sufrir lo perdido. Por eso vivía siempre en las nubes, haciéndose amiga de las burbujas, de los globos de Helio detrás de los que otros niños escurren su mirada hacia lo huidizo del horizonte, de las pompas de jabón que se vuelven invisibles para escapar cielo arriba sin explotar del todo, de la purpurina soplada de las pelucas de colores, y de otras muchas pequeñas cosas a las que el mundo de allá más abajo propondría con dedo acusador un mísero nombre:




extravagancias o rarezas inútiles.






De todo esto y de todo aquello nada se podía prender en la escuela, por eso la niña que vivía siempre en las nubes estaba muy contenta de estar siempre en las nubes entre sus puzzles de sonrisas que no se ponían tristes ni estando bocabajo. Aunque, de vez en cuando tenía que saltar muchísimo y muchas veces de nube en nube no le importaba, cuando llovía podía prepararse batidos azucarados para las agujetas y las cigüeñas y los pájaros le hacían de paragüas.


El ruido de las tormentas y los relámpagos tampoco le molestaban ni asustaban; la niña que vivía siempre en las nubes se entretenía jugando con los destellos a hacer sombras con los dedos de sus manos , y al mismo tiempo, juguetona, le gritaba a los truenos:




no sé si roncáis mucho o no os dejáis de tirar pedos(!)






Otra cosa que le encantaba era el nudismo que se regalaban mutuamente la luna y el sol en los eclipses; y era entonces cuando ella celebraba sus no-cumpleaños:


indistintamente, solares o lunares, para dormirse entre los soplos de un secreto que guardaba muy bien sobre sus ojos y en la chaqueta verde de bolsillos, con y sin cremallera, para sus manos...con las que abría cuidadosa y despistadamente aquellos sobre sin remite.


La niña que vivía siempre en las nubes leía ilusionada y a escondidas de nadie las cartas desordenadas e impares que le enviaba volando impulsadas desde toboganes y columpios el niño que siempre estaba pensando en las musarañas.




Ese era el pequeño secreto de sonrisa gigante de leer y releer que tenía la niña que vivía siempre en las nubes. Entre eclipse y eclipse y al acabar de leer las cartas, la niña que vivía siempre en las nubes le soplaba besos y mordiscos sin dientes con un megáfono pintado en cartulina al niño que siempre estaba pensando en las musarañas...y luego, se disponía a dormir.




Le daba las buenas noches al día, y los buenos días a la noche. Cosía con caricias los rincones de una nube para hacerse una almohada y arropar entrelazando sus piernas y sus pies. Silbaba entre suspiros acurrucados. Teñía de arcoiris los meridianos aprovechando las últimas centellas diminutas del eclipse. Cerraba despacito sus ojos. Y de nuevo, comenzaba a soñar.

23 de diciembre de 2007

tabacodes-nudo


La confusión le grita a la burbuja en la que se ha metido. nadie debe exigir lo que no cumple consigo mismo. alguien busca una brújula rojiza. los puños duermen con el sol, las palmas con la luna, escondiendo coincidir con las caricias. dos manos que piden soltarse para aprender a echarse de menos. una ración sin corazón descorazonado racionado. un sinfín de pulgas habituadas a cumplir el oficio de cupido entre perros y gatos. el ayer y el hoy se dan la espalda...buscan el mañana?¿ quizás prefieran desvivirse en el tiempo para volver a dormir juntos y despertar con sus párpados soñando ternuras que no sean esquivas. como en un puzzle

14 de noviembre de 2007

zi

En aquel prospecto doblado en cuadrículas era la cordura la que ahogaba a la poesia. los pasos falsos de los gigantes necesitan cada vez más tornillos. y son las uñas las que crecen del revés, igual que las promesas. los octubres se mantienen en el calendario a fuerza de ir gastando sus sombreros. adelante, anuncia un neón que nos marca el callejon de la salida aislante. los besos mojan un mando a distancia, la censura se dicta en verso, el teatro es el nudo coagulado de una escena que sabe a plástico y a astillas de madera. los corazones son parches de colegio, huelen a escaparate y promocionan coleccionesde primavera-verano. los reencuentro, como los vasos manchados, no saben mentir. las estatuas son las únicas que conservan sus pulmones.



30 de octubre de 2007

no-mirar


Los pimientos tenían fama de rabiosos. Y en un principio eran todos rojos como cuando pasan mucho tiempo en la playa y sin sombrilla los piojos. La fama les precedía por que todo el mundo al que le gustaba cuchichear parecía saber que, sin ser necesariamente de Padrón, los pimientos unos pican y otros no.
Los pimientos eran rojos como las fresas, o al menos casi casi rojos como ellas.
Un buen día, bien temprano un pimiento, justo a la salida del invernadero se vio tan acalorado que se le empañaron las pupilas y de enfado, después de tropezar con una silla le puso a una fresa la zancadilla.
La fresa cayó de morros como si le dieran un empujón, y aunque el suelo quedó muy contento de aquel beso, el pimiento, de que no sabemos si era o no de padrón, no se disculpó.

La fresa muy muy descontenta e indignada con la afrenta de la ausencia de disculpa se enfadó echándole la culpa en voz alta a todos los familiares de la pimienta. Lo que no sabía la fresa era que por aquellas últimas navidades los pimientos había recibido el regalo de unos enormes guantes de boxeo, que apresurados los demás pimientos se pusieron apretados rodeando con descaro amenazante a la pequeña fresa.
La fresa lejos de acobardarse se acercó mucho a ellos, muy rabiosa con su tristeza orgullosa de haber sido empujada y ahora amenazada.

Por si no lo sabéis, las fresas no son totalmente rojas, tienen en su piel diminutas pecas verdes que delatan la niñez que llevan dentro y no han perdido, en forma de varicela entre su suave piel roja.

Tan cerca se puso la fresa que el grupito de los pimientos peleones se quedó paralizado y varicelado de por vida hasta los genes.
Todavía descontenta por la falta de compostura colectiva de los pimientos y de la incordura de la agresión sufrida nuestra fresa acometió una acción casi suicida para la cual la pandilla de pimientos no estaba prevenida:
Puso en marcha velozmente su vergonzosa dentadura y mordisqueó a los pimientos dolorosamente en la comisura de ambos labios. Éste gesto repetido le causó un terrible ardor a nuestra fresa debido al picor que le llegó hasta su invisible niñez que llevaba dibujada en la mirada.

Y es por eso que hoy en día existe aún una fresa miope, y los pimientos son algunos tan tan verdes de esa varicela contagiada y otros tan tan rojos de la memoria avergonzada por la zancadilla en forma de patada que dejó estirada y abrazada al suelo a una fresa desmemoriada, que todavía a veces deja olvidadas sus gafas.